ETERNA NAVIDAD
ETERNA NAVIDAD.
Nacer el día de Nochebuena puede que haya sido el condicionante que ha
hecho que siempre sienta especial predilección por las fechas que están por
llegar. En casa nunca pusimos “Belén” porque según mi madre ya estaba yo y
conmigo había suficiente.
Los recuerdos se agolpan en mi mente intentando abrirse paso ante un camino
imaginario que rompe la monotonía del día a día. Recuerdos de esa eterna
Navidad, dónde esperaba ver con curiosidad ese humilde pesebre, que vecinos de
mi querido pueblo se afanaban por decorar en la Plaza Mayor, en la Tercia y en la Parroquia, o comprobar
que esa especie de árbol llorón con sus larguiruchas ramas caídas también era
adornado con unas cuantas luces de colores que nos cobijaba en el jardín.
Recuerdo esa eterna Navidad, dónde miles de sonrisas de mis paisanos se
cruzaban en nuestras calles, en las cuales se respiraba un ambiente de ilusión
y sinceridad que me es imposible encontrar en estos tiempos. Algo ha cambiado,
sí, pero los recuerdos permanecen.
Recuerdo esos días plagados de sueños, el “noche de Paz” que aprendí a
tocar con la flauta, los sencillos villancicos que resonaban por los pasillos
del colegio y que por las noches acompañaban a todos cuantos salían a recorrer
las calles del pueblo cantando “la marimorena” con las zambombas y panderetas rescatadas
del baúl de los abuelos.
Recuerdo el diminuto escaparate de “Reyes” plagado de figuritas para
completar el “nacimiento”, jaja con el
castillo de Herodes y el pastorcillo haciendo sus necesidades, todo al completo.
Recuerdo ese olor que desprendían los deliciosos pasteles, mazapanes y
marquesas que se cocían en la tienda del Mojicón, dónde esperábamos en interminables
colas para poder degustar tan ricos dulces, ¡todo olía a Navidad! Y esas guirnaldas navideñas con sus colores brillantes que evocaban la
alegría de estas fiestas. Recuerdo esos botes de spray, en los cuales, su
contenido quería simular a la nieve y que dirigíamos al cielo para dejarla caer
sobre nuestras cabezas.
Mi mente vaga en busca de esos días plagados de ilusión, vaga en busca de
la imagen de mi padre llevándonos hasta el cerromingote para recoger ramas de
esos legendarios pinos y armar con ellas en casa, un árbol que sujetábamos en
un cubo de hojalata lleno de tierra, dónde finalmente colocábamos la imagen del
niño Jesús. Recuerdo la cesta que le obsequiaban a mi padre en el trabajo, que
se unía a la que nos regalaba la
Caja y que abríamos con un gran nerviosismo, esperando
encontrar, ¡qué sé yo!
Recuerdo la cena de Nochebuena, una cena sencilla pero inolvidable, dónde
estábamos los que teníamos que estar, todos juntos, cerca a una estufa de leña
que nos calentaba durante el duro invierno y que en esa noche tan especial
ardía con más ímpetu que nunca. Miles de besos y felicitaciones se plasmaban
entre caricias y tirones de oreja por mi cumpleaños. Los ojos de mis padres
brillaban con mayor intensidad en ese momento, pues su pequeña continuaba
creciendo. Después, un corto paseo nos llevaba hasta la iglesia, a la misa del
Gallo. Y es bien cierto que el día de Nochebuena tiene algo de especial, porque
jamás he sentido esa sensación de bienestar tan palpable en ese lugar, en ningún
otro momento. Había que darse prisa, pues en cuestión de segundos todo estaba
lleno, mayores y niños que llegaban con sus bufandas y guantes, los cuales
apuntaban al frío invierno en el que estábamos inmersos. Sobre la una y media de
la madrugada cada uno tornaba a su hogar. Era una noche tranquila, no nos
esperaba Papa Noel, pero, ¿qué importaba?, aún teníamos tiempo para pedirles a
los Reyes Magos esos juguetes que nos harían felices durante todo el próximo
año. Y mañana Navidad, jaja ya sabéis, “saca la bota María que me voy a
emborrachar”.
Los días pasaban rápido, en cuestión
de horas nos plantábamos en el 28, los Santos Inocentes, jaja seguro que más de
una inocentada diste o te dieron, ¿verdad? Yo y mi hermana casi nos vamos a
Albacete andando, he dicho casi, mi madre se delató en el último instante, pero
bien que se reía a nuestra costa.
Y así comenzaba la cuenta atrás, el 31 estaba encima y teníamos que
despedir el año para dar la bienvenida a otro nuevo. Y cenábamos con una rapidez
inusual porque debíamos estar preparados. Entre anuncio y anuncio, intentábamos
serenarnos ante el momento culminante, cuando el reloj comenzase a marcar las
12 campanadas y nuestras bocas se llenasen de uvas para que la buena suerte
surtiese efecto a lo largo del año. Yo siempre hice trampa, porque nunca me
daba tiempo a terminar, así que por mi cuenta, un ratito antes, comenzaba a
comer intentando que no me viese nadie. La última campanada indicaba que era el
momento de descorchar la sidra y brindar (yo, con coca-cola, claro). Y después,
juerga y diversión. Primero en casa, viendo algunas actuaciones en tve (pues sólo
emitía esa cadena y no teníamos problemas para elegir que ver), y luego a la
calle, petardos que sonaban anunciando más jolgorio y cotillón que regalaban en
los locales de baile, que luego amanecían por todos los rincones del pueblo
indicando el movimiento de la noche anterior.
Pero aún no terminaba la dicha, pues, “ya vienen los Reyes Magos, ya vienen
los Reyes Magos”. En casa esperábamos con impaciencia esa noche. Ya teníamos
elegido lo que supuestamente nos gustaba, aunque a veces en el último instante
algunos cambiásemos de opinión, la televisión se encargaba de ello, ¿te
acuerdas?, “las muñecas de famosa se dirigen al portal”, vaya con los dichosos anuncios, ¡sí que nos impactaban!,
y lo queríamos todo. Entonces era cuando los padres se quebraban la cabeza
haciendo cuentas para intentar contentarnos.
Noche de Reyes, noche de ilusión infantil y noche de ajetreo para mayores.
Casi no podíamos dormir, dejábamos en la ventana un vasito con agua para los
camellos y algo de comida (dulces más bien) para sus Majestades. Recuerdo como
si fuera ayer, la madrugada del 6 de enero, nos despertaba el auténtico grito
de mi madre que resonaba por toda la casa, ¡ya han llegado, ya han llegado!, y
bajábamos las escaleras corriendo a tropel, con el pijama puesto y dando gritos
de alegría que aumentaban de intensidad, al comprobar que al lado de nuestro
modesto árbol, bajo las centelleantes lucecitas, había cajas envueltas en papel
de colores. Nuestras manos se movían a un ritmo impresionante, de rodillas, en
el suelo, comenzaba la locura de romper el envoltorio que abriría nuestras
ilusiones. La mirada de mis padres era de complicidad entre ellos y su sonrisa
desprendía un halo de cariño que nos cubriría durante toda la vida. Y terminaba
una Navidad mágica que nos encaminaba a un año nuevo, un año que no sabíamos
que nos iba a deparar.
Recuerdo muy bien las palabras de mi madre,”a pesar de que el tiempo pase
y te vayas haciendo mayor, sigue siendo siempre una niña. Mantén en tu vida la
ilusión de la infancia y déjate guiar por el espíritu de la Navidad”. Y es lo que
continúo haciendo, disfrutando de estas fechas como antaño hiciera.
Los tiempos cambian, eso dicen, pero las ilusiones deben permanecer, y por
mucho que me digan que es un cuento, prefiero mantener la esperanza en ese
cuento, a creer lo que otros me contaron para después romper todos mis sueños.
Moteñ@s, sentid la alegría de la
Navidad y no olvidéis atraparla para que se mantenga siempre
y en todo momento con vosotros.
Feliz Navidad y
Próspero Año Nuevo.
Belén Guerrero.