jueves, 5 de diciembre de 2013

ETERNA NAVIDAD



ETERNA NAVIDAD.


Nacer el día de Nochebuena puede que haya sido el condicionante que ha hecho que siempre sienta especial predilección por las fechas que están por llegar. En casa nunca pusimos “Belén” porque según mi madre ya estaba yo y conmigo había suficiente. 

 

Los recuerdos se agolpan en mi mente intentando abrirse paso ante un camino imaginario que rompe la monotonía del día a día. Recuerdos de esa eterna Navidad, dónde esperaba ver con curiosidad ese humilde pesebre, que vecinos de mi querido pueblo se afanaban por decorar en la Plaza Mayor, en la Tercia y en la Parroquia, o comprobar que esa especie de árbol llorón con sus larguiruchas ramas caídas también era adornado con unas cuantas luces de colores que nos cobijaba en el jardín. 

 

Recuerdo esa eterna Navidad, dónde miles de sonrisas de mis paisanos se cruzaban en nuestras calles, en las cuales se respiraba un ambiente de ilusión y sinceridad que me es imposible encontrar en estos tiempos. Algo ha cambiado, sí, pero los recuerdos permanecen. 

 

Recuerdo esos días plagados de sueños, el “noche de Paz” que aprendí a tocar con la flauta, los sencillos villancicos que resonaban por los pasillos del colegio y que por las noches acompañaban a todos cuantos salían a recorrer las calles del pueblo cantando “la marimorena” con las zambombas y panderetas rescatadas del baúl de los abuelos.

Recuerdo el diminuto escaparate de “Reyes” plagado de figuritas para completar el  “nacimiento”, jaja con el castillo de Herodes y el pastorcillo haciendo sus necesidades, todo al completo. Recuerdo ese olor que desprendían los deliciosos pasteles, mazapanes y marquesas que se cocían en la tienda del Mojicón, dónde esperábamos en interminables colas para poder degustar tan ricos dulces, ¡todo olía a Navidad! Y esas guirnaldas navideñas con sus colores brillantes que evocaban la alegría de estas fiestas. Recuerdo esos botes de spray, en los cuales, su contenido quería simular a la nieve y que dirigíamos al cielo para dejarla caer sobre nuestras cabezas. 

  

Mi mente vaga en busca de esos días plagados de ilusión, vaga en busca de la imagen de mi padre llevándonos hasta el cerromingote para recoger ramas de esos legendarios pinos y armar con ellas en casa, un árbol que sujetábamos en un cubo de hojalata lleno de tierra, dónde finalmente colocábamos la imagen del niño Jesús. Recuerdo la cesta que le obsequiaban a mi padre en el trabajo, que se unía a la que nos regalaba la Caja y que abríamos con un gran nerviosismo, esperando encontrar, ¡qué sé yo!

 

Recuerdo la cena de Nochebuena, una cena sencilla pero inolvidable, dónde estábamos los que teníamos que estar, todos juntos, cerca a una estufa de leña que nos calentaba durante el duro invierno y que en esa noche tan especial ardía con más ímpetu que nunca. Miles de besos y felicitaciones se plasmaban entre caricias y tirones de oreja por mi cumpleaños. Los ojos de mis padres brillaban con mayor intensidad en ese momento, pues su pequeña continuaba creciendo. Después, un corto paseo nos llevaba hasta la iglesia, a la misa del Gallo. Y es bien cierto que el día de Nochebuena tiene algo de especial, porque jamás he sentido esa sensación de bienestar tan palpable en ese lugar, en ningún otro momento. Había que darse prisa, pues en cuestión de segundos todo estaba lleno, mayores y niños que llegaban con sus bufandas y guantes, los cuales apuntaban al frío invierno en el que estábamos inmersos. Sobre la una y media de la madrugada cada uno tornaba a su hogar. Era una noche tranquila, no nos esperaba Papa Noel, pero, ¿qué importaba?, aún teníamos tiempo para pedirles a los Reyes Magos esos juguetes que nos harían felices durante todo el próximo año. Y mañana Navidad, jaja ya sabéis, “saca la bota María que me voy a emborrachar”. 

 

Los días  pasaban rápido, en cuestión de horas nos plantábamos en el 28, los Santos Inocentes, jaja seguro que más de una inocentada diste o te dieron, ¿verdad? Yo y mi hermana casi nos vamos a Albacete andando, he dicho casi, mi madre se delató en el último instante, pero bien que se reía a nuestra costa.

 

Y así comenzaba la cuenta atrás, el 31 estaba encima y teníamos que despedir el año para dar la bienvenida a otro nuevo. Y cenábamos con una rapidez inusual porque debíamos estar preparados. Entre anuncio y anuncio, intentábamos serenarnos ante el momento culminante, cuando el reloj comenzase a marcar las 12 campanadas y nuestras bocas se llenasen de uvas para que la buena suerte surtiese efecto a lo largo del año. Yo siempre hice trampa, porque nunca me daba tiempo a terminar, así que por mi cuenta, un ratito antes, comenzaba a comer intentando que no me viese nadie. La última campanada indicaba que era el momento de descorchar la sidra y brindar (yo, con coca-cola, claro). Y después, juerga y diversión. Primero en casa, viendo algunas actuaciones en tve (pues sólo emitía esa cadena y no teníamos problemas para elegir que ver), y luego a la calle, petardos que sonaban anunciando más jolgorio y cotillón que regalaban en los locales de baile, que luego amanecían por todos los rincones del pueblo indicando el movimiento de la noche anterior. 

 

Pero aún no terminaba la dicha, pues, “ya vienen los Reyes Magos, ya vienen los Reyes Magos”. En casa esperábamos con impaciencia esa noche. Ya teníamos elegido lo que supuestamente nos gustaba, aunque a veces en el último instante algunos cambiásemos de opinión, la televisión se encargaba de ello, ¿te acuerdas?, “las muñecas de famosa se dirigen al portal”, vaya con  los dichosos anuncios, ¡sí que nos impactaban!, y lo queríamos todo. Entonces era cuando los padres se quebraban la cabeza haciendo cuentas para intentar contentarnos.

Noche de Reyes, noche de ilusión infantil y noche de ajetreo para mayores. Casi no podíamos dormir, dejábamos en la ventana un vasito con agua para los camellos y algo de comida (dulces más bien) para sus Majestades. Recuerdo como si fuera ayer, la madrugada del 6 de enero, nos despertaba el auténtico grito de mi madre que resonaba por toda la casa, ¡ya han llegado, ya han llegado!, y bajábamos las escaleras corriendo a tropel, con el pijama puesto y dando gritos de alegría que aumentaban de intensidad, al comprobar que al lado de nuestro modesto árbol, bajo las centelleantes lucecitas, había cajas envueltas en papel de colores. Nuestras manos se movían a un ritmo impresionante, de rodillas, en el suelo, comenzaba la locura de romper el envoltorio que abriría nuestras ilusiones. La mirada de mis padres era de complicidad entre ellos y su sonrisa desprendía un halo de cariño que nos cubriría durante toda la vida. Y terminaba una Navidad mágica que nos encaminaba a un año nuevo, un año que no sabíamos que nos iba a deparar. 

 

Recuerdo muy bien las palabras de mi madre,”a pesar de que el tiempo pase y te vayas haciendo mayor, sigue siendo siempre una niña. Mantén en tu vida la ilusión de la infancia y déjate guiar por el espíritu de la Navidad”. Y es lo que continúo haciendo, disfrutando de estas fechas como antaño hiciera.


Los tiempos cambian, eso dicen, pero las ilusiones deben permanecer, y por mucho que me digan que es un cuento, prefiero mantener la esperanza en ese cuento, a creer lo que otros me contaron para después romper todos mis sueños.

 

Moteñ@s, sentid la alegría de la Navidad y no olvidéis atraparla para que se mantenga siempre y en todo momento con vosotros.
 

Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo.

Belén Guerrero.