Curiosamente es en los días grises cuando más se acentúan aquellos
recuerdos que ya quedan más lejanos en el tiempo. Y es en esos días, mientras el frío enmudece las palabras y el viento sopla de una forma
inusual, cuando la cercana realidad vuelve a hacernos sentir cierta
nostalgia del pasado. El simple olor de una comida, el sabor de un
caramelo, una vieja casa derruida, las risas de los niños jugando, el
blanquecino vestido de comunión, la ausencia de los que ya se marcharon,
las imágenes de las fotografías, el sonido de alguna canción...son
cuantiosos, por lo que no podría enumerarlos todos. Recuerdos
agradables, y otros no tanto, pero que siempre formarán parte de nuestro
existir. Y ayer tuve la sensación de regresar por unos instantes, a los
años ( aun sin haberlos vivido) que tantas veces he escuchado evocar a
mis padres, abuelos...y a más de un vecino del pueblo. Como casi siempre
cuando la meteorología no es apetecible, cogí el coche para realizar
las compras rutinarias. Era día de mercado, por lo que el trasiego por
la calle que decidí ir era bastante fluído. De repente, tuve que dar un
frenazo, porque una persona "apareció" (salía de entre dos coches
aparcados) ante mí. Al verle, rápidamente mi mente realizó una
instantánea cronológica trasladándome "años ha". Si hubiese podido,
habría parado el coche allí mismo. Pero tuve que buscar un lugar para
poder hacerlo, y sin perder un instante, porque sabía que en cuestión de
minutos esa imagen ya no estaría. Puede que tardase como mucho, dos
minutos. Paré el coche, cogí la cámara, me bajé, lo cerré...y comencé a
correr en busca del instante que había dejado atrás. Y llegué justo a tiempo. A
él, le conozco como quién dice de toda la vida,
pues hemos sido vecinos, y su hijo, compañero mío del cole. Primeramente, sin
que apreciara mi presencia, le hice algunas fotos conforme iba
caminando con su bicicleta. Una vez hechas, le llamé por su nombre, giró
su rostro y se paró. Me preguntó por mi padre, y le respondí. Mientras
hablábamos me fijé en su rostro enjuto. Sus manos callosas y entumecidas
por el frío del día me hicieron recordar la dureza del trabajo en el
campo. Le dije que se colocase de diferente forma para poder captar
otras imágenes, y el hombre, atento como siempre, prestó el interés
suficiente para llevar a cabo mi petición. Prometiéndole que le enviaría
una fotografía a su hijo, sonrió, me recordó que avisase a mi padre
pues quería hablar con él, y siguió caminando despacio hasta su casa,
situada a tan solo unos metros, a la vueta de la esquina. Le despedí con
una mirara llorosa...como queriendo detener el tiempo.