miércoles, 29 de enero de 2014

Deteniendo el tiempo.

Curiosamente es en los días grises cuando más se acentúan aquellos recuerdos que ya quedan más lejanos en el tiempo. Y es en esos días, mientras el frío enmudece las palabras y el viento sopla de una forma inusual, cuando la cercana realidad vuelve a hacernos sentir cierta nostalgia del pasado. El simple olor de una comida, el sabor de un caramelo, una vieja casa derruida, las risas de los niños jugando, el blanquecino vestido de comunión, la ausencia de los que ya se marcharon, las imágenes de las fotografías, el sonido de alguna canción...son cuantiosos, por lo que no podría enumerarlos todos. Recuerdos agradables, y otros no tanto, pero que siempre formarán parte de nuestro existir. Y ayer tuve la sensación de regresar por unos instantes, a los años ( aun sin haberlos vivido) que tantas veces he escuchado evocar a mis padres, abuelos...y a más de un vecino del pueblo. Como casi siempre cuando la meteorología no es apetecible, cogí el coche para realizar las compras rutinarias. Era día de mercado, por lo que el trasiego por la calle que decidí ir era bastante fluído. De repente, tuve que dar un frenazo, porque una persona "apareció" (salía de entre dos coches aparcados) ante mí. Al verle, rápidamente mi mente realizó una instantánea cronológica trasladándome "años ha". Si hubiese podido, habría parado el coche allí mismo. Pero tuve que buscar un lugar para poder hacerlo, y sin perder un instante, porque sabía que en cuestión de minutos esa imagen ya no estaría. Puede que tardase como mucho, dos minutos. Paré el coche, cogí la cámara, me bajé, lo cerré...y comencé a correr en busca del instante que había dejado atrás. Y llegué justo a tiempo. A él, le conozco como quién dice de toda la vida, pues hemos sido vecinos, y su hijo, compañero mío del cole. Primeramente, sin que apreciara mi presencia, le hice algunas fotos conforme iba caminando con su bicicleta. Una vez hechas, le llamé por su nombre, giró su rostro y se paró. Me preguntó por mi padre, y le respondí. Mientras hablábamos me fijé en su rostro enjuto. Sus manos callosas y entumecidas por el frío del día me hicieron recordar la dureza del trabajo en el campo. Le dije que se colocase de diferente forma para poder captar otras imágenes, y el hombre, atento como siempre, prestó el interés suficiente para llevar a cabo mi petición. Prometiéndole que le enviaría una fotografía a su hijo, sonrió, me recordó que avisase a mi padre pues quería hablar con él, y siguió caminando despacio hasta su casa, situada a tan solo unos metros, a la vueta de la esquina. Le despedí con una mirara llorosa...como queriendo detener el tiempo.